ANOCHE ESTUVE PENSANDO...


Génesis 16:2 “Entonces Sarai dijo a Abram: He aquí que el SEÑOR me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos. Y Abram escuchó la voz de Sarai”


Como hemos visto en varias ocasiones, los cristianos tendemos a divinizar a los personajes que han escrito la historia de los tiempos bíblicos. Craso error.  Esas personas fueron gentes comunes y corrientes, personas con sus luces y sombras al igual que nosotros. Con sus fortalezas y debilidades. No fueron súper mujeres ni súper hombres. Fueron personas con sus virtudes y sus fallas.


Uno de los episodios menos estudiado en la Escritura es la angustia interna que vivía Abram por la falta de un hijo. Todos los hombres habían tenido hijos, menos él y Sarai. Así, las cosas, imaginemos a Abram, de 75 años, en el territorio de Canaan, observando sus ganados, sus esclavos y toda su riqueza, con la vista perdida en el horizonte, pensando en qué ira a hacer con toda esa riqueza si no tiene un hijo a quien heredarle, sino a su mayordomo que ni siquiera pertenece a su clan sino que es de Damasco.  Imaginemos la aflicción de este hombre ya anciano pensando en el futuro de su casa, de sus bienes y que Dios no le ha favorecido con un heredero.


Tuvo que haber pensamientos frustración, de fracaso, pensamientos que afectaban también a su esposa Sarai. Quizá cada vez que ella veía a su esposo a quien tanto amaba, con la vista perdida en el horizonte, pensando en cosas que ella no podía solucionar, tuvieron que llegar también pensamientos de culpa y condenación ya que ella era estèril,  incapaz de poder engendrar un niño en sus entrañas. 


Imaginemos a ese matrimonio de ancianos en alguna ocasión discutiendo porqué la vida les ha negado lo que tanto han deseado. Cierto, son inmensamente ricos, tienen esclavos y propiedades pero no tienen lo que màs anhelan: un heredero propio.  Tratemos de ver a este par de ancianos cada dìa, cada semana y cada mes del año discutiendo por lo mismo.  Abram lamentando su mala suerte, Sarai sintiéndose acusada por su inutilidad de ser fértil. 


Imaginemos a la anciana Sarai pensando en su cama, en esas noches largas y oscuras en las que no podía conciliar el sueño, pensando en el hombre a quien tanto amaba y que no podía satisfacer con lo que èl deseaba. Tratemos de estar al lado de aquella mujer que había seguido a su esposo por el camino desconocido al que èl la había llevado,  cómo había abandonado su tierra, sus amigas, sus familiares por seguirlo a èl a quien un Dios desconocido le había hablado de una tierra hermosa, llena de leche y miel. Tratemos de acompañar a aquella mujer hermosa que había sufrido la humillación de haber sido llevada como galardón al palacio de un hombre impío y lujurioso como había sido Faraón, el rey de Egipto y todo por culpa del hombre que le dijo un dìa que la amaría siempre y que la protegería.


Ahora ese matrimonio está pasando por una crisis emocional y física de la cual ambos, Abram y Sarai no encuentran solución.  ¿Como hacer feliz al hombre que tanto amaba? ¿Qué podía hacer ella para que èl estuviera satisfecho? Quizá el miedo a ser abandonada por el único hombre en su vida le asaltaría en algún momento.  ¿Cuántas noches le rondó por la mente una solución que de pronto le asaltó los pensamientos?  Porque allà en su tierra, en Ur, en Caldea, no era raro que un señor de casa tuviera relaciones con una de sus sirvientas ya que estas eran propiedad del dueño. Y aquí, la dueña de la esclava era ella. Por lo tanto podía hacer lo que en su interior se estaba empezando a fraguar. Agar era su esclava y ella la dueña.


Solucionar el problema empezó a tomar forma. No fue de la noche a la mañana que ella ha tomado esa decisión. Como cualquier mujer, se exponía a ser despreciada si la esclava quedaba embarazada y ella quedaría como una amante, como un plato de segunda mesa.  El pensamiento quizá le daba miedo. Pero entre el miedo y el amor solo hay un paso y había que tomarlo. Así pasaron diez largos años. Los días de discusión por el famoso hijo que no llegaba  se había vuelto un problema que les estaba afectando en su relación.  Y ella deseaba preservar su matrimonio al precio que fuera.  Las noches se le hacían largas y tortuosas. Ver a su amado esposo con la vista perdida y los pensamientos a saber donde, la llevaron un dìa a tomar una decisión.


Y, quizá, en un desayuno como cualquier otro, estando ambos comiendo sus alimentos en el silencio de siempre, Sarai le dijo a Abram: “Anoche estuve pensando... tenemos que arreglar esto del hijo. Yo no puedo dártelo. No puedo hacer nada para que seas feliz. Y quiero que lo seas. Te ruego que acabemos con esto de una vez. Toma a mi sierva y ten relaciones con ella. Ella es joven, fuerte y vigorosa y quizá puedas tener lo que yo no puedo darte…"


Y ya sabemos la historia. Las cosas no salieron como Sarai había planeado.  Cuando en un matrimonio se discute por cosas que solo Dios puede solucionar, las cosas se salen de control. La Torre de Babel que construimos queriendo tener lo que Dios no nos ha dado nos llevarán al fracaso y la vergüenza.  Mejor esperemos con paciencia que Dios escuche nuestros ruegos. Él es Fiel y no fallará a su Palabra. Eso lo vieron Abram y Sarai tiempo despues.

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