YO TAMBIÉN
Números 20:11 “Entonces Moisés levantó su mano y golpeó la peña dos veces con su vara…”
Les voy a contar un secreto…
Es un secreto que todos llevamos dentro de nosotros los cristianos. Ninguno está exento de tenerlo. De una u otra manera todos actuamos parecidos. Unos en algún momento de agotamiento, otros en un momento de pasiones bajas.
Si algo me gusta de la Biblia, es que hace años me di cuenta que ella no esconde las debilidades de sus héroes. En Hebreos once, hay una lista que se llama “los héroes de la fe”. Pero no fueron héroes a la manera griega en donde sus paladines e invictos dioses que eran sus héroes vivían en el Monte Olimpo. La diferencia entre esos personajes mitológicos es que nunca bajaban a la tierra a vivir entre los mortales. No. Ellos vivían en su Monte donde nadie podía llegar a ellos.
Según la mitología, cuando uno de ellos se enojaba, la naturaleza mostraba su enojo. De allí que cuando Poseidón, el dios del mar ardía en ira, el mar se embravecía, sus olas se levantaban con violencia y arrasaba con todos los barcos que encontrara en su camino matando a todos. Es por eso que cuando Jonás se embarca en una nave huyendo del Señor, el mar se pone violento y los marineros se asustaron tanto porque conocían a su dios Poseidón y empezaron a ofrecerle oraciones y sacrificios para calmarlo. Cuando no lo lograron, el capitán empezó a buscar por toda la nave quien era el que lo estaba enojando y encontró a nuestro amigo Jonás bien dormido. ¿Recuerda la pregunta que le hizo? Fue: ¿Quien es tu dios? Y usted sabe la historia. El Dios de Jonás no era Poseidón. Era el Dios Único y Verdadero que podía arreglar todas las cosas.
Ese era Jonás. El enviado por Dios para hablarle a un pueblo del que iba a tener misericordia pero nuestro héroe, fiel a sus creencias racistas, se negaba a llevar el mensaje. Jonás era tan humano como usted y como yo.
Y un día, orando al Señor, me encontré con esta gran verdad. Ellos, los grandes personajes de la Biblia, fueron hombres y mujeres iguales a nosotros. Lo que sucede es que nosotros los evangélicos tenemos la tendencia de endiosarlos, de ponerles cierta divinidad que nunca tuvieron. Fueron hombres y mujeres sujetos a sus propias pasiones como dijo alguien años despues.
Desde Adán y Eva, todos los personajes que leemos en las clases de escuela dominical y a los que admiramos desde niños, con el tiempo se han vuelto nuestros paradigmas cuando la verdad es que el único que puede ser nuestro ejemplo es el Señor. No fueron ellos, fue su Poder, su Amor y su Misericordia la que se mostró en sus vidas. Ellos, como nosotros, fueron personas de carne y hueso necesitados de una Mano Perfecta que los usara como se usa un martillo o un lápiz. No son el martillo ni el lápiz. Es la Mano que los usa.
Así las cosas, les revelaré mi secreto que por años he tenido dentro de mi. Porque…
Yo también soy como José. José, en la cárcel, desesperado porque estaba allí sin culpa alguna, le pidió al copero del rey que cuando saliera libre se acordara de él. Pero este se olvidó del amigo que lo había consolado. Resulta que yo también, en algún momento de angustia he esperado que alguno de mis amigos acuda en mi ayuda. Y nadie se ha acordado de mi. Soy como José. Me quedo esperando porque acudí a la persona equivocada.
Yo también soy como Moisés. Que después de estar en la Presencia del Señor en el monte, viendo su Poder, escuchando sus truenos y viendo los rayos de su Magnificencia, al bajar le pego a la Roca con mis pensamientos impuros y pecadores.
Yo también soy como Elías. Que despues de hacer bajar fuego del cielo, Jezabel lo asustó y deseó morirse. A mi no me asusta Jezabel, pero me asusta una factura que llega a fin de mes. Me asusta una cuenta que tengo que pagar. Me asusta una deuda que me rebasa.
Yo también soy como Josué. Que tuvo miedo antes de cruzar el río. Como él, tengo miedo cuando tengo que cruzar de un mes al otro. Me da miedo no poder salir con mis compromisos. Me dan miedo los gigantes que sin duda encontraré al otro lado sin darme cuenta que el Señor estará conmigo como lo prometió.
Y yo también soy como el profeta Jeremías que tuvo miedo de hablar la Palabra que Dios le daba porque a los reyes no les gustaba y lo amenazaban de muerte. Yo también soy como uno de ellos. O quizá deba decir que ellos fueron como soy yo. El único que es diferente, que es digno de toda credibilidad, que es inmutable, es mi Dios y Señor Jesucristo. A él sea la Gloria.
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