YO LES ENSEÑARÉ


Juan 16:12  “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis soportar”


Si de algo nos jactamos a veces los hombres -genéricamente hablando-, es que no somos tan malos como se cree.  Que hay algo bueno en nosotros. Es decir, ni somos totalmente malos ni totalmente buenos. Eso dice la sociedad.


Pero Dios no dice lo mismo. No somos nada buenos. Todos nosotros, nos guste o no, tenemos solo maldad en nuestro corazón. Nuestro padre Adan nos transmitió su pecaminosidad y su inclinación al mal desde que nacemos. Somos egoístas por naturaleza. Vea un niño recién nacido: lo primero que hace es exigir que se le atienda, si no se hace, se muere. Vea a ese niño creciendo físicamente y paulatinamente irá sacando lo que tiene dentro de su propia naturaleza. Llora pidiendo lo que desea. Llora cuando está sucio. Llora cuando tiene sueño. Su llanto es la forma de pedir atención.  Si no corren a atenderlo, ya se imagina el ruido que meterá y la desesperación de quienes le cuidan.


Habrá que empezar a darle su par de nalgadas para empezar a enseñarle que él no es el centro del mundo y que nadie tiene la obligación de correr a ver que desea. Que tiene que aprender a esperar. Es la madre o el padre quienes le enseñarán las buenas costumbres que tendrá que desarrollar a lo largo de su vida.  Si lo aman, por supuesto. Si no lo hacen, el resto de su existencia será un parásito vividor a costa de los demás y si es posible, matará a cualquiera que le niegue lo que pide. Eso lo sabemos quienes vivimos en El Salvador. El CECOT está lleno de esa clase de niños -ahora adultos-, que nunca fueron enseñados que no todo era de ellos. 


Eso es lo que Jesús nos dice en este texto.  Hay muchas cosas que quiere enseñarle a sus discípulos pero tendrán que esperar el tiempo para poder entender sus lecciones. Jesús es experto maestro de la vida de su creación. Por algo es Dios. Por algo es el Logos por quien y para quien se hicieron todas las cosas. 


Jesús sabía y sabe que necesitamos tiempo de madurez para poder comprender todo lo que nos quiere enseñar. Él no quiere que ignoremos las cosas, se goza en enseñarnos cada día, cada minuto de nuestra vida como se debe vivir la vida. No es él quien se tarda en enseñar, somos nosotros los que nos tardamos en aprender.  Es él quien al final hace todas las cosas dentro de nosotros. Por algo dice la Escritura que él pone el querer y el hacer por su buena Voluntad. No se trata de nosotros entonces. Se trata de él. 


Es por eso que en nosotros no hay nada bueno, lo repito. Si hay algo bueno en el ser humano es la naturaleza de Cristo obrando dentro de nosotros. Por supuesto, tenemos que empezar por el principio: Reconocerlo como Señor. Hay todo un proceso en ese acto que al final, si lo hacemos, empezaremos un nuevo génesis vivencial. Será cuando ya tengamos lo Bueno dentro de nosotros y daremos los frutos dignos de su Majestad.  De lo contrario, aunque vayamos a una iglesia, cantemos coros, oremos y hagamos toda la parafernalia evangélica, si Él no mora en nuestro corazón seguiremos igual de ingratos, pecadores y malos. Así de fácil. 


Porque el martillo que construye templos, no es más santo que el está en un taller cualquiera. El lápiz que escribe hermosos bosquejos para predicar el domingo no es más santo que el que escribe vulgaridades.  No se trata de ellos sino de quien los usa, la mano que los levanta.


Si no lo cree, pregúntele a Faraón de Egipto cuando dejo ir al pueblo de Israel a adorar a Dios al desierto. No fue él. Fue el Señor quien le ordenó hacer lo que tenía que hacer.


Pregúntele a Balaam que era un profeta que oía la Voz de Dios, sin embargo hizo pecar al pueblo de Israel por el dinero que le pagaban. Pregúntele a la burra que le habló a Balaam quien hizo que hablara. 


Pregúntele a Ciro el persa quien le dijo que dejara ir a Nehemías a rescatar su ciudad y su templo. Pregúntele a Pedro quien le hizo caminar en el mar. A Pablo quien le dijo que fuera a predicar a los gentiles. A Anás y Caifás quien les dijo que mataran al dador de la vida. A Herodes que se lavara las manos y diera la orden de crucificar a Jesús. 


No. No fueron ellos. Ellos solo fueron los martillos y los lápices que Dios quiso usar para mostrar su Gloria y su Potestad de ser quien hace todo en todos. Entonces, mi querido lector, no se jacte de que usted no es totalmente malo ni totalmente bueno. Si tiene algo de bueno, es el Espíritu de Dios que mora en usted. Quitelo de su corazón y verá el fatal resultado. 

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