NO ERA EL FINAL, ERA EL PRINCIPIO
Juan 5:14 “…Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor”
El hombre ha estado treintiocho años postrado con una parálisis que lo ha tenido en una camilla llena de mugre, suciedad y abandono. En el Israel del primer siglo existía la creencia que cuando una persona quedaba enferma por mucho tiempo sin ser sanada, era señal que Dios lo tenía castigado. Que su pecado había sido tan grande y horrendo que el mismo Dios le había dado la espalda.
Eran personas sin esperanza, sin fe y sin un asidero humano de quien esperar un favor o una misericordia. Al haber perdido la fe en el Dios de su pueblo, no le quedaba más remedio -al igual que a sus compañeros lisiados en el estanque Betesda-, que creer en algo más superficial. En el movimiento del agua. Era la idea que cada cierto tiempo un ángel removía la superficie del agua del estanque y el que primero se echara al agua quedaría sano. Eso tenía a aquel lugar lleno de enfermos, paralíticos y parias.
Lo irónico era que el estanque se llamaba Betesda que significa “Casa de Misericordia y Gracia”. Y estaba localizado a la vecindad del Templo, lugar donde los sacerdotes y levitas cantaban cantos al Señor. Era día de fiesta. Por lo tanto, el Templo estaba lleno de peregrinos que habían llegado de todas partes a celebrar al Señor.
Desde donde estaban los enfermos, tenían la oportunidad de consolarse al escuchar los rezos, las plegarias, los cantos y sentir el aroma de los inciensos que se quemaban allá dentro de los recintos sagrados. Eso era todo lo que podían disfrutar dentro de sus amarguras.
Por supuesto, no podían esperar que los sacerdotes o levitas les fueran a visitar porque para ellos, entrar a ese lugar era contaminarse con el pecado y la suciedad moral de esa gente. Eso haría que ellos -los ministros de Dios-, al solo entrar y respirar aquel hedor, quedaran contaminados y eso les haría inaptos para el servicio al Señor. No podían darse el lujo de perder un privilegio tanto tiempo esperado solo por querer ser un poco misericordiosos con los abandonados por Dios.
Pero de pronto, un hombre judío, desconocido y que nunca había sido visto en ese lugar, entra al recinto y se para frente a todo el grupo de enfermos, cojos, lisiados y enfermos. Está recorriendo la vista de uno en uno. Se le ve platicando con alguien que por bondad se mantiene allí para llevarles un poco de comida o bebida cuando lo necesitan. Le está preguntando algo que no logran escuchar porque apenas habla en susurros.
Todos están a la expectativa de aquel extraño que tiene una Presencia que no se puede explicar. De él emana un-no-se-que- que atrae la mirada de todos los que están atentos a su sorpresiva visita. De pronto, se acerca a un hombre que está echado sobre su camastro sucio, maloliente y mugroso y le dice algo que suena extraño. Es una pregunta que está fuera de lugar. ¿Quieres ser sano?
Y es que el visitante averiguó con el encargado del estanque cuanto tiempo tenía de estar allí postrado y abandonado. Supo entonces que tenía treintiocho años en ese estado. Eso lo movió a misericordia y fue cuando se acercó a este con quien está hablando en el momento que hace la pregunta. Despues de un diálogo entre ambos, le da una orden. Solo seis palabras. No le dijo nada más. “Levántate, toma tu camilla y vete”. Al instante el hombre tomó su catre, se levantó y se fue. El visitante también dio la vuelta y se fue por su lado.
Tiempo despues, el visitante que no era otro sino Jesús, lo encuentra y le dice algo que nunca nos dicen en la iglesia despues de aceptar al Señor como Señor y Salvador. O cuando recibimos un milagro de sanidad o de provisión: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor”. Es una tristeza que los pastores o líderes no nos digan esas palabras que nos advierten del peligro de seguir siendo los mismos pecadores despues de pasar al frente y repetir oraciones muchas veces sin saber qué estamos haciendo.
Para Jesús, el haber sanado a este hombre que tanto tiempo había estado postrado por algún pecado del pasado, no era el final de un camino. Era el principio de un camino nuevo. Era una nueva oportunidad de vivir sano, en libertad, sin deudas, sin vergüenza, sin culpas. Era una advertencia de un nuevo estilo de vida. De un cambio radical en sus conductas.
Pero tristemente muchos nunca han escuchado esa advertencia. Es por eso que siguen con su viejo estilo de vida sufriendo las consecuencias de su mala conducta y luego acusan al Señor de no bendecirlos como les dijo el pastor allá en aquella oración.
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