LA CARNE
Mateo 26:41 "Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”
No, no crea que vamos a hablar de la carne que se come en los restaurantes. No vamos a hablar de un buen corte premium de esos caros pero deliciosos. No es de eso que vamos a platicar en este escrito.
Vamos a hablar de la carne humana. De lo que en griego se llama Sarks que es el concepto griego de la parte humana e íntima del ser humano. No se trata de la “carne” como cuerpo que se llama en griego “soma”. De allí que se dice que cuando una persona tiene problemas internos, el cuerpo lo “somatiza” o sea lo muestra físicamente como la amargura, por ejemplo.
En el pasaje de Mateo que estamos estudiando, lo que Jesús le dice a sus discípulos es que ellos deben vigilar, orar, estar atentos a lo que puede llegar a suceder en sus vidas para que la tentación no los haga hacer lo que no quieren sino lo que desean, como enseña Pablo años más adelante cuando dijo: Lo que quiero hacer no puedo y lo que no quiero hacer eso hago.
¿Que significa que el espíritu está dispuesto? Bueno, para eso debemos acudir a varios ejemplos de personajes que vivieron esas experiencias y que nos han sido trasladadas para nuestra enseñanza. Recordemos que todo lo que pasó en el tiempo pasado y quedó escrito -dice la Escritura-, es para nuestra enseñanza. De allí que de ellos podemos aprender qué significa que el “espíritu está dispuesto a obedecer” pero hay algo que se interpone: la carne.
Lo que tenemos que aprender es que muchas veces nos descuidamos en nuestra vida espiritual luego de una confesión de fidelidad, una victoria, una batalla ganada, un mensaje predicado con brillantez y elegancia escritural. Es sabido que la “carne” o sea la parte pecaminosa del cuerpo está esperando el momento vulnerable en que nos encontremos para atacar. La carne no se cansa de esperar. Tiene una paciencia grandísima porque está acechando el momento para hacernos caer en las tentaciones del alma. La Biblia lo llama “que satanás, el diablo, está como león rugiente viendo a quien devorar”. Es decir, luego de una victoria, viene satanás en forma que no esperamos y nos ataca porque es cuando estamos vulnerables y agotados.
Veamos a algunos de nuestros amigos que sufrieron en carne propia ese fenómeno que a todos nos llega en algún momento:
Pedro: Hace unas pocas horas le ha dicho a Jesús que estará con él en el momento más critico de su vida. Cuando esté frente a Pilato y sus soldados sufriendo lo que tienen para él, Pedro, le dijo, yo iré hasta la muerte contigo. No te preocupes Jesus, te acompañaré en todo momento. No te dejaré solo. ¿A si? Vamos a ver Pedro.
Horas despues están Jesús, Jacobo, Pedro y Juan en un jardín en donde Jesús ha ido a orar para pedirle al Padre que le dé su apoyo y fuerzas. Y les dijo a sus amigos -incluyendo a Pedro-, que le ayuden a orar. ¿Que hacen? Se duermen. ¿No que no, pues Pedro? Veamos el proceso: Pedro acaba de estar en el clímax de su relación con Jesús. Le acaba de dar su promesa de fidelidad más grande que haya podido…la carne lo escuchó y lo durmió. Lo hizo fracasar. Lo hizo sentirse un miserable. Sus palabras fueron su Némesis. Porque despues de eso lo negó tres veces. No le quedó más remedio que irse a llorar a solas.
Elías: Acaba de hacer descender fuego del cielo. Retó a los profetas falsos de Baal y les acaba de demostrar que solo su Dios es Dios. El clímax en la vida de Elias es indudable. Está lleno de gozo, alegría y victoria. Pero no le duró mucho tiempo. Al poco de la gran victoria, Jezabel le amenaza de muerte y el gran profeta de Dios, el paradigma del valor cae en depresión y tiene pensamientos suicidas. Dios lo tuvo que esconder en una cueva.
David: Ha ganado batallas grandísimas. Ha vencido enemigos formidables. Ha arrebatado territorios para unirlos a su país Israel. Es el ejemplo clásico del vencedor y el invicto rey de Israel. No hay duda que tiene el Poder de Dios obrando en su vida. Luego de un tiempo de salir a pelear se toma un pequeño descanso. Y en ese momento hace su aparición la carne: Ve a una hermosa mujer bañándose en el patio de su casa. Se inflama de lujuria, se le enciende el fuego varonil en su interior y sucede lo que nunca debió pasar. Pecó, adulteró, asesinó. Todo en un lapso de tiempo que ni cuenta se dio.
Pablo: Acaba de predicar su mensaje más brillante de su ministerio. El Espíritu Santo lo ha respaldado de una forma extraordinaria. Ha tocado corazones, ha hecho llorar de tristeza y emoción a sus amigos corintios. Todo ha sido fiesta. Algarabía. Lenguas y profecías. De pronto se encuentra haciendo “lo que no quiero hacer, eso hago”. No le queda más remedio que aceptar que en su carne no hay nada bueno. Que no puede vencerla con sus fuerzas.
¿Qué les faltó a estos paradigmas, así como nos falta a nosotros? Que despues de una gran victoria ya no oramos. Ya no vigilamos nuestros actos. Ya nos dormimos en nuestros laureles. Como ya vimos la Gloria de Dios en nuestras acciones, nos vamos de paseo a ver televisión, a platicar chismes, a darle disfrute a nuestros ojos, nos relajamos y nos descuidamos.
Eso fue lo que Jesús les dijo aquella noche a sus amigos: Velen, oren, no se duerman, vigilen porque ustedes me acaban de dar promesas de fidelidad y aunque su espíritu quiere hacerlo, la carne los va a vencer y los hará fracasar. Su espíritu me ama, lo sé, pero su carne los puede hacer olvidar que me aman. No se descuiden. Oren. Pídanle al Padre que los fortalezca.
Comentarios
Publicar un comentario