HOLA, MIS AMIGOS...
Juan 14:6 “Jesús le dijo*: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida…”
Hoy quiero hablar con ustedes sin máscaras. Sin disfraces. Sin tapujos.
Quiero contarles algunas cosas que están ocultas en mi corazón. En este viejo corazón que me ha acompañado por más de setenta años. Han sido buenos. Han sido años en donde he derramado lágrimas. Algunas de gozo, otras de tristeza, aún otras por amores que me laceraron el alma. Amores que creí que siempre iban a estar allí pero no fue así. Porque se fueron. Como las golondrinas cuando llega el invierno, alzaron sus alas y emigraron hacia otros corazones, hacia otras vidas mientras la mía quedaba vacía… Volaron como las perdices que en sus alas oscuras se llevaron sueños, ilusiones y se posaron en otras ventanas lejos de las mías…
Fui un niño como cualquier otro. Tuve mis sueños de que un día subiría a una nube y remontaría el vuelo por el horizonte para conocer otras tierras, otros lugares lejos de mi casa en donde vivíamos con mi mamá y mis hermanos. Esas nubes nunca me dieron ese privilegio, pero en mis sueños infantiles logré viajar hacia los confines del mundo. Fueron el presagio de lo que iba a venir cuando ya tuve la edad suficiente para sacar mi pasaporte y viajar por donde me llevara el viento…
Mis amigos, en mi niñez tuve la oportunidad de aprender muchas cosas. No solo en la escuela en donde me enseñaron a leer y escribir. También aprendí muchas cosas en mi casa. Con mis padres. Aprendí por ejemplo que un buen par de cinchazos bien puestos no me iban a matar sino al contrario, me iban a dar una buena lección como he podido ver a lo largo de mi caminar. Porque la vida también me ha dado cinchazos que han dolido pero no tanto como aquellos que me ubicaron en la realidad de mi caminar…
Aprendí por ejemplo, que cuando perdí mi primer juguete y no supe nunca que se hizo, la vida me estaba preparando para perder cosas, personas, amores, amigos y familia. En esa etapa de mi vida, la vida me enseñó al perder esos juguetes, que me preparara para perder seres queridos, que se puede seguir viviendo a pesar de perder amistades que uno creía que siempre iban a estar allí…
Mis amigos, la vida es una maestra excelente. Nos enseña en la creación de Dios que Él siempre sigue allí, en ese horizonte, que está vivo y atento a nuestros sueños y deseos. Que él nunca se ha ido de nuestro lado. Somos nosotros los que nos hemos alejado, porque así como el árbol que veo desde mi ventana ha florecido donde fue sembrado, así nosotros tenemos que florecer donde hemos sido puestos. Ese árbol, mis amigos, no suplica a Dios que le mande lluvia para crecer. El rocío matinal le basta. Nunca le pide a Dios que lo haga más grande que otros árboles. Ese árbol, mis amigos, obedece la ley de la naturaleza que le dice “hasta aquí llegarás” y no pretende subir más de lo que se le permite…
Solo el hombre pretende ser más grande que el mismo Dios. Solo el hombre quiere crecer en sus cosas materiales, en sus diplomas, en sus anhelos más profundos que -como Salomón-, encontrarán al final de sus días que todo fue vanidad debajo del sol…
La vida, mis amigos queridos, me enseñó desde niño que tengo que dejar ir ciertas cosas, ciertas personas. Y una de ellas y quizá la más importante fue mi madre. A ella la perdí dos veces: cuando murió y cuando la enterré. Recuerdo esa tarde allá en USA en donde ella vivió sus últimos años. El cielo estaba gris. Copos de nieve caían sobre la tumba que estaba ya abierta para recibir su ataúd. Habían pocas personas. Familiares la mayoría. Y estuve yo y mi soledad. Con mi corazón angustiado porque ya no volvería a verla así como cuando fui niño y tuve que conformarme al no encontrar aquel juguete que ya no encontré. Tuve el privilegio de velar sus restos. Y tuve el privilegio de acompañar su cuerpo inerte y sin vida hasta el lugar de su descanso terrenal. La vida me había preparado para dejarla ir sin reclamar nada al Cielo sino dar gracias por el tiempo que la disfruté cuando me abrazaba cada vez que nos veíamos…
La vida, mis queridos amigos, nos enseña que no importa lo que nos digan otros, que tarde o temprano se irán de nuestro lado y si no nos preparamos para soltarlos, lloraremos más de la cuenta. Sufriremos la pérdida de algo que nunca fue nuestro. Porque…¿qué es nuestro realmente? Desde niños aprendemos que nada nos pertenece. Todas las cosas: amigos, personas, hijos y compañeros son de otros, no nuestros. Quizá lo único que tenemos en propiedad son las lágrimas que dejamos correr cuando lloramos. Que la fe que está en nuestro corazón nos hace vivir con la esperanza de algo mejor. Que no hay distancia entre Dios y nosotros, que cuando respiramos profundo y cerramos nuestros ojos al dolor y a la soledad, nos damos cuenta que Dios siempre ha estado allí, esperando que corramos a su lado para recibir el consuelo que ya nadie nos puede brindar…
Mis queridos amigos: La vida, entonces, es Jesús. Y solo él es el Camino y la Verdad…
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