NO FUE LA OFRENDA, FUE EL CORAZÓN
Génesis 4:3-5 “Y aconteció que al transcurrir el tiempo, Caín trajo al SEÑOR una ofrenda del fruto de la tierra. También Abel, por su parte, trajo de los primogénitos de sus ovejas y de la grosura de los mismos. Y el SEÑOR miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero a Caín y su ofrenda no miró con agrado”
Casi siempre se ha enseñado que cuando estos dos hermanos presentaron ofrendas al Señor, no se agradó Dios de Caín porque le había llevado frutos de la tierra. Pero Abel le llevó lo mejor de sus rebaños. Puede ser cierto hasta cierto punto. Pero vamos a penetrar algunos recovecos de la historia de estos dos hermanos para sacarle un poco más de provecho a esta historia y de por qué Dios no se agradó de Caín.
Para empezar, debemos saber que despues de la caída en el Huerto del Edén, los hombres empezaron a formar sus propios sistemas de sostenimiento. Caín tomó el camino de la agricultura. Abel tomó la senda de la ganadería. Ese fue el principio de estas dos industrias que hasta la fecha son las que sostienen gran parte de la economía mundial, por lo menos, en los países donde se vive de esa forma.
Algo curioso es que en aquellos tiempos, como ahora, la agricultura está asociada con la adivinación y la idolatría. No es un secreto que en países de Suramérica a la tierra se le llama “Pachamama”, o sea “Madre Tierra”. Porque de ella brotan los granos básicos que alimentan al pueblo incluyendo a nosotros los de este lado del continente. Los agricultores tienen la tendencia de adorar los elementos. Necesitan la lluvia para que riegue sus sembradíos. Necesitan el sol para que su luz les produzca frutos. Necesitan la luna para conocer los tiempos de siembra y cosecha. Es por eso que en mi tierra Guatemala, los indígenas al cosechar el maíz que es su sustento por generaciones ancestrales mayas, la primera mazorca que brota de sus sembrados, la consagran a su dios del maíz. La cuelgan en los postes de sus ranchos y nadie los toca. Es su ofrenda a sus dioses que les dieron el privilegio de tener buenas cosechas. Sus vidas agrícolas están unidas a la idolatría a los astros y elementos.
Fue Caín el iniciador de todo eso. Es por eso que su vida estaba rodeada de elementos idolátricos, especialmente sus creencias en el sol, la luna y la lluvia. Él dependía de esos dioses para mantener su sustento diario. El Dios de los Cielos, el Creador de los astros y elementos, para él, no era muy importante. En su corazón solo existía la confianza en sus dioses astrales para mantenerse vivo.
En cambio Abel que había decidido ser ganadero y productor de animales dependía más de la seguridad que solo el Dios que había escuchado de sus padres podía defenderlo de las inclemencias del tiempo. Abel dependía de la protección del Dios creador del cielo y la tierra. Como pastor -al igual que David años despues-, Abel era un observador. Era un soñador. Era un apasionado de observar la estrellas y los astros nocturnos mientras guardaba sus rebaños de las fieras del campo. Fue allí en donde aprendió a valorar la ayuda del Dios que estaba empezando a conocer. Un detalle muy importante a tomar en cuenta es que en hebreo “pastor” se dice “Roe” y ese nombre se le da exclusivamente al Señor. Él es Jehová Roe. Jehová mi pastor.
Así las cosas, un día Dios les pide que le presenten una ofrenda. Y, lógico, cada uno de los hermanos le presentó el fruto de su trabajo. Caín por su parte, al ser agricultor, le presentó los frutos de la tierra que era lo que él tenía. Abel, por su parte, siendo pastor, tomó lo mejor del rebaño y lo llevó a su altar. Y aquí es donde se nos escapan detalles muy importantes al hacer una lectura superficial.
Porque la Escritura, que es perfecta en su diseño, nos dice algo importante: Lo primero que vio el Señor no fue la ofrenda. Fue al que la presentó. Vio primero a Abel y luego su ofrenda. Lo mismo con Caín: Vio primero a Caín y luego su ofrenda. ¿Qué vio en Caín que a Dios no le agradó y por lo consiguiente su ofrenda? Dios vio su corazón. Estaba lleno de idolatría por las cosas materiales. La gloria de sus frutos no era para Dios, era para sus dioses falsos. Para sus creencias idólatras, para su esfuerzo en labrar la tierra y arrancarle el sustento para su vida. El corazón de Caín estaba lleno de orgullo, de arrogancia, de presunción y autosuficiencia.
No es raro entonces que en Lucas 21 Jesús alabó a la viuda que había dado lo último que tenía para su sustento. Jesús vio su corazón y luego su preciosa ofrenda, ya que no dio por obligación o abundancia, sino de su propia pobreza, entregando todo lo que tenía para vivir.
Eso fue lo que vio en Abel. El corazón de Abel estaba lleno de agradecimiento a Dios por protegerle, cuidarle y cobijarlo en las noches frías de vigilia al cuidar sus rebaños y a él. Y eso es lo que ve en nosotros. No importa la cantidad. No importa el producto. Lo que importa es como está nuestro corazón cuando le damos al Señor el fruto de nuestra labor.
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