MIEDO A LA CONFRONTACIÓN
Gálatas 4:16 “¿Me he vuelto, por tanto, vuestro enemigo al deciros la verdad?”
No me puedo imaginar el dolor de Pablo cuando los gálatas lo rechazaron cuando llegó y les empezó a enseñar la doctrina correcta de la salvación según el Plan de Jesús que él había recibido.
A esta iglesia habían llegado unos judaizantes a insistirles que la salvación era por obras, por circuncisión física y por obedecer la Ley de Moisés y sus ritos semanales, sus visitas al Templo y sus sacrificios anuales. Eso había menoscabado la autoridad apostólica de Pablo y los gálatas, a quienes les gustaba navegar en dos rumbos, habían caído nuevamente en los rudimentos de la Ley. Se habían apartado de la Gracia.
Cuando se entera Pablo de este cambio en el cual sus discípulos se habían alejado de la Verdad que él les había enseñado, se llenó de una profunda tristeza al ver la reacción de ellos cuando los corrigió. Uno a uno se empezaron a alejar de él. Unas líneas antes les había escrito con palabras de alabanza y agradecimiento cuando al principio de sus visitas y enseñanzas ellos -los gálatas-, lo habían recibido con emoción, con grandes muestras de amor y humildad.
Pero llegó el momento de corregir algo… Y eso no les gustó.
Conozco a un pastor que nunca predica doctrinas paulinas. Prefiere enseñar palabra de fe, palabras de milagros, de portentos y maravillas. Cada vez que lo escucho predicar -porque lo visito cada cierto tiempo-, siempre lo hace con mensajes suavecitos, llevando a su congregación a un nivel primario en vez de las grandes doctrinas que la Palabra de Dios nos enseña para ser cristianos de primer orden. No. A él le preocupa que cuando tiene que predicar sobre la conducta fiel, santificada, esforzada por agradar al Señor con sus vidas, con su testimonio, prefiere dar palabras de sanidad, de favores y de un amor de Dios que sobrepasa cualquier pecado cometido sin tener necesidad de mejorar la conducta.
Tiene miedo a ser áspero me dijo en una ocasión. Tiene miedo de ofender a la gente. Tiene miedo de hacerlos sentir mal. Tiene miedo de decirles la verdad que debe enseñar. Prefiere tenerlos contentos aunque la demanda del Espíritu Santo sobre él vaya a ser dolorosa.
Algunas veces le he hablado sobre la grave responsabilidad que pesa sobre el pastor ordenado por Dios. Tiene bajo su responsabilidad de preparar una Novia para el Señor que no tenga mancha ni arruga ni cosa semejante. Pero para eso, como buen mayordomo, tiene que esforzarse y arriesgarse muchas veces a quedar mal visto por las personas que se reúnen bajo su púlpito. Siendo pastor, tiene el deber -como dijo el apóstol-, de ver bien el estado de su rebaño.
Pero a él le asusta tener que enseñar que muchas veces, las personas se engañan al creer que son la Novia del Cordero solo porque están dentro de las cuatro paredes del templo. Se engañan creyendo que todo está bien en sus vidas cuando fuera de los dinteles de las puertas se van del culto a vivir sus mismas vidas que niegan su confesión que han hecho delante de Dios. Es decir, nunca les ha enseñado que el Evangelio de Jesús tiene demandas muy fuertes hacia aquellos que decimos que Él es nuestro Señor. Nunca les ha enseñado que hay personas que no tienen derecho de llamarlo “Señor” porque no hacen lo que él pide. Eso es lo que dice Jesús cuando dejó dicho: ¿Por qué me llaman Señor y no hacen lo que les digo? Eso no lo han escuchado sus miembros, por lo tanto, no solo no leen la Escritura que nos enseña pero tampoco les ha dicho la Verdad que ella contiene.
Porque tiene miedo. Miedo a quedar con el templo semi vacío. Y digo “semi” porque siempre habrá gentes que quieren que se les diga la verdad. Que ya no les den leche sino alimento sólido. Siempre hay un remanente dispuesto a escuchar y obedecer lo que ordena la Palabra de Dios. Pero, como el etíope de la historia de Hechos, muchas veces leen la Escritura y expresan lo mismo que escuchó Felipe cuando preguntó: “¿entiendes lo que lees? Y el etíope le responde: ¿como voy a entender si no hay quien que me enseñe?”
Tristemente los gálatas se enojaron cuando Pablo les desarmó sus creencias judaizantes sobre la Palabra de Dios que él les había enseñado. No les gustó la verdad. Estaban acostumbrados a que les repitieran semana a semana la misma enseñanza. Que era más fácil hacer lo que decía la Ley de Moisés que las demandas espirituales que el Evangelio de Cristo nos hace a los que decimos que le amamos.
Tiene sus riesgos hablar la verdad. Jesús lo dijo. Y por eso lo mataron. Por eso mataron a Esteban. Por eso apedrearon a Pablo. Y en pleno siglo tercero sigue siendo lo mismo.
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