EL PRINCIPIO DE UN DESASTRE


Génesis 16:2  “Entonces Sarai dijo a Abram: He aquí que el SEÑOR me ha impedido tener hijos. Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos. Y Abram escuchó la voz de Sarai”


Según los estudiosos judìos de la Escritura, nosotros los gentiles no sabemos ni conocemos la verdadera intención de Dios al haber dejado ciertos pasajes que ocultan grandes misterios.

La misma Escritura nos dice: Gloria del Rey es ocultar un asunto, pero honra del rey es escudriñarla. Aquí radica nuestro problema ante ellos, los estudiosos, y por lo cual nos acusan de no saber nada. Es cierto hasta cierto punto.


La Escritura tiene ciertas entonaciones que nosotros, a veces por miedo a profanarla, o porque no nos preocupamos por profundizar en su lectura, pasamos por alto muchas perlas que podemos ver allí.  En este texto de Gènesis 16 tenemos un diàlogo entre Sarai y Abram. 


Como marido y mujer, esta pareja ha estado esperando con ansias el cumplimiento de la promesa de Dios que anteriormente les había hecho que tendrían descendencia. Eso significa que Sarai tiene que quedar embarazada para poder dar a luz un hijo para su esposo.  Pero ha pasado el tiempo: diez años y la promesa no se ha cumplido. Como cualquier mujer que anhela tener lo que tanto ha deseado y se le ha ofrecido, cae en un momento de depresión femenina, no es un desorden físico sino emocional. Imaginemos a la pareja en una plática conyugal quizá ya en sus camas una noche cualquiera. Sarai ha estado pensando la forma en que Dios hará el milagro tanto tiempo esperado. Y en medio de la plática, empieza a abrir su corazón y expresar sus dudas, sus conflictos internos ya que el tiempo está pasando, ella cada vez es màs anciana y su milagro se ve demasiado lejos. En esa conversación entre estos dos ancianos, Sarai con un dejo de profunda tristeza y ansiedad, le dice a su esposo: ¿no serà que Dios quiere usar a Agar para que tengamos el hijo que tanto deseamos? ¿No serà, Abram, que no seré yo la que quede embarazada sino nuestra sirvienta? ¿Quizá Dios quiso decirnos que hagamos algo por nuestra parte para llevar a cabo sus planes? Todo este diàlogo está encerrado en la frase: “quizá por medio de ella yo tenga hijos”. Lo que podemos ver allí es un grito silencioso desesperado por alcanzar lo que tanto se desea. 


Sabemos que Abram conocía la Ley matrimonial y los mandamientos de Dios con respecto al matrimonio, así que Sarai, en ese momento de depresión emocional está expresando un pensamiento esperando que Abram le diga que no. Que no es posible ni justo mucho menos permitido por Dios que èl tenga otra esposa además de ella, Sarai. Ella espera que Abram le diga que èl la ama así como. están las cosas. Que su amor por ella es màs importante que violar su pacto matrimonial y que es mejor esperar la perfecta Voluntad de Dios.  


Pero Abram no hizo eso. Cometió el error de hacer lo que Sarai le estaba expresando como un momento de desahogo emocional. Allí empezó la tragedia del triangulo amoroso en la vida de este gran hombre.  La primera consecuencia la vemos en las palabras de Sarai después que Agar quedó embarazada: “recaiga sobre ti mi agravio” significa que este pecado sea tu responsabilidad porque debiste decirme que no era correcto lo que yo estaba pensando. Ahora que Dios juzgue quien tuvo la culpa realmente. 


Abram, como todo hombre acorralado en su mala forma de actuar, trata de lavarse las manos diciéndole: “tu sierva está bajo tu poder, o sea, es tu sierva, puedes echarla o hacer lo que quieras con ella”. Abram no se atreve a corregir las cosas y su matrimonio empieza a navegar por aguas peligrosas.  Esta tragedia empezó aquella famosa noche de confesión y debilidad de una mujer desesperada y un esposo que no supo consolarla con la Palabra del Dios que los estaba esperando para bendecirlos con su promesa. 


Es la ignorancia de muchos hombres al no hacer valer su responsabilidad como sacerdotes de su casa. Han abandonado su función sacerdotal para interceder por los deseos de su esposa y poner todo en las Sabias Manos de nuestro Dios, quien sabe realmente lo que ellas necesitan y no lo que desean. El hombre -mis amigos- fue creado por Dios para cubrir, proteger y enseñar a su esposa en las cosas de Dios. No es que ella no sepa, pero sus emociones muchas veces la llevan por derroteros en donde ponen en peligro la estabilidad familiar y matrimonial. Es el hombre el que debe inclinar su rostro, doblar sus rodillas y preguntarle al Señor: “Eso que mi esposa me pide…¿viene de ti, Señor? ¿Es ese el camino por donde debemos transitar? 


La falta de esa humildad masculina ha provocado infinidad de problemas en los matrimonios cristianos, todo por la ignorancia o pereza o incluso la irresponsabilidad de muchos esposos.

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