AHORA QUE ME ACUERDO...


Génesis 18:1 “Y el SEÑOR se le apareció en el encinar de Mamre, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda en el calor del día”


Abram está sudando la gota gorda como se dice. En este episodio de su vida, este anciano está sentado fuera de su tienda porque el calor que está haciendo adentro es demasiado como para soportarlo.  Por lo menos, afuera hace de cuando en cuando una brisa que refresca el ambiente.


Abram está enfermo. Hace unos días se ha circuncidado con toda su gente por indicaciones del Señor. No es necesario entrar en tantos detalles fisiológicos para comprender el estado de ánimo de Abram. Su entrepierna está inflamada por la operación que se ha hecho al quitarse el prepucio para cumplir lo que Dios le ha pedido.  El dolor debe ser insoportable. Está inflamado por la manipulación. Recordemos que en aquellos tiempos no había anestesia. La operación fue tan cruda como real y dolorosa. La hemorragia debió haber sido intensa. Todo el cuerpo está sufriendo esa intervención. Como es lógico, la pelea biológica del cuerpo humano hace que dentro del organismo todo se une para sanar la herida que se ha abierto en una parte de ese cuerpo. Los glóbulos, la sangre, el cerebro y todo está en alerta para evitar que penetre alguna bacteria que pueda dañar el organismo.  Debe haber fiebre que es indicativo que hay pelea interna. El calor, la fiebre, el dolor y la incomodidad deben ser intensas. 


Sin embargo, Dios se acuerda de su amigo Abram.  Dicen los rabinos que Dios descendió al lugar donde este anciano obediente vive con sus empleados que deben estar igual que él sufriendo las consecuencias de la famosa operación. Sin embargo, cuando tres Varones se le aparecen frente a su tienda, la ley de la hospitalidad tan viva en la cultura de este anciano, le obliga a levantarse, ir al encuentro de sus visitantes y ofrecerles agua, comida y descanso. 


¿Podemos imaginar la incomodidad que tuvo que sufrir al tener que atender así como estaba a sus visitantes?  ¿Estaríamos nosotros en condiciones de entender visitas como lo hizo él? Estoy seguro que no. No somos como este hombre que por algo fue llamado “amigo de Dios”. 


Lo hermoso de todo esto, aparte de la actitud tan cordial y amistosa y respetuosa de Abram, tenemos algo que está escondido en esta historia: El Señor recuerda.  El Señor recordó a Abram despues de algunos días de haberle dicho que se circuncidara con toda su casa. Se recordó que este hombre está sufriendo, que está pasando momentos de dolor y altas fiebres para sanar. 


Es cuando lo visita. 


Porque -mis amigos-, Dios siempre se recuerda. Se recuerda de nosotros cuando le obedecemos. Cuando cumplimos sus mandamientos. Cuando obedecemos sus instrucciones. Cuando hacemos lo que él nos ordena. Nos recuerda cuando estamos pasando problemas. Cuando no nos alcanza la provisión para el mes. Cuando tenemos problemas en el matrimonio. Cuando las cosas se nos ponen feas. Dios de acuerda que somos polvo.


Pero, hay otro nivel en el que el Señor se acuerda. Y es cuando nos olvidamos que hicimos un acto de obediencia cuando un día, quizá hace años, pasamos frente a un altar en alguna iglesia y repetimos una oración que el líder nos dijo: “Acepto al Señor Jesús como mi Señor y Dios. Te recibo hoy. Gracias por salvar mi alma…”


Y nos fuimos de regreso al mundo. La oración quedó allí, en el altar. Al menos eso creemos. Pero no. Esa oración Dios la tomó muy en cuenta. Porque él no está jugando con la Sangre de su Hijo ni con su suplicio en la cruz. A Dios no se le olvidó lo que dijimos aquel día o aquella noche.


Y es cuando de pronto, sin previo aviso, así como se le apareció a Abram, también a nosotros se nos aparece y nos dice: “Oye, tú, fulano, ahora me acuerdo que un día dijiste que me aceptaste como tu Señor y Salvador, ¿ya se te olvidó?”  “Ahora me acuerdo que me dijiste que no te ibas a ir de mi Iglesia, ¿qué pasó entonces?” “Ahora que recuerdo, querida, un día me dijiste que nadie iba a ser más importante que Yo, ¿ya se olvidaron esas palabras?” 


El problema no es que Dios recuerde. El problema es como se va a recordar. Quizá llevándonos a una cama de hospital. Quizá enfermando a un hijo. Quizá por medio de una quiebra financiera. O tal vez se recuerde de nuestras palabras en un desempleo. En un cáncer.  En un divorcio. En un cementerio. En una humillación.


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