REGALOS Y HERENCIA
Génesis 25:5-6 “Abraham dio a Isaac todo lo que poseía; y a los hijos de sus concubinas Abraham les dio regalos, viviendo aún él, y los envió lejos…”
¡Qué insondables son los caminos del Señor!
Debemos tener mucho cuidado con lo que le pedimos al Señor. Nos puede llevar por derroteros que nunca creímos que podíamos caminar. Como Pedro, creemos que nuestras buenas intenciones son firmes y verdaderas y no nos damos cuenta que hacemos precisamente lo que dijimos que no íbamos a hacer.
Pedirle cosas, milagros, sanidades, prosperidad, hijos o matrimonio al Señor sin antes limpiar nuestro corazón y conocer a fondo nuestras verdaderas intenciones es hasta cierto punto peligroso.
Han habido personas cristianas que han amado al Señor con todo su corazón. Han asistido por años a la iglesia, han servido en diferentes privilegios, incluso, han predicado la Palabra y han sido gentes con buenas intenciones hacia el Reino de Dios. Cuando de pronto, en su interior, nace un deseo intenso por pedirle un milagro. Puede ser un hijo. Como Ana, la esposa de Elcana que era estéril, derraman su corazón y su alma en pedirle un hijo. Ana lo hizo. El Sacerdote la insultó y la menospreció pero ella siguió en su intento por conseguir su milagro. Y Dios le respondió. Le concedió su hijo. Cuando alguien lee esa historia, como todos nosotros en algún momento, imitamos esa conducta. Clamamos, pedimos, lloramos hasta que somos escuchados.
Pero hay una pequeña y gran diferencia entre Ana y muchos hermanos. Ana -dice la Biblia-, cuando recibe su milagro, lo disfruta, lo acaricia y lo amamanta con todo su amor. Pero cada día que su hijo crecía, ella no olvidaba algo que había dicho en su oración un par de años atrás: “si tú me das un hijo, yo te lo devolveré”. Ana nunca olvidó ese trato que había hecho con el Todopoderoso. Yo te lo devuelvo Señor. Solo dame el privilegio de vivir la experiencia de toda mujer de tener un bebé en el vientre y sentir como de mis pechos se alimenta. Eso es todo lo que deseo. Al cabo del tiempo, Ana fue al Templo y devolvió al niño al Sacerdote.
Pero la mayoría de nosotros no somos como Ana. Al contrario -y aquí viene el motivo de este escrito-, muchos que reciben su milagro de parte de Dios, ya no regresan a darle gracias. Mucho menos a devolver a Dios lo que le pertenece: La Gloria y el Honor de haber escuchado las oraciones y los clamores del pasado. Se olvidan del Señor. Ya no regresan a la iglesia. Ya no vuelven a darle las gracias y su debida ofrenda. Se quedan en casa cuidando su milagro ya sea su hijo, su sanidad, su negocio o su matrimonio.
Y es que Abraham nos enseña algo que está bien enterrado en su conducta con respecto a los hijos que tuvo con sus concubinas. Dice la Escritura que a los hijos que tuvo con Cetura, a ellos “les dio regalos y los envió lejos” Pero a Isaac le dio “todo lo que poseía”. ¿Qué significa esto?
Póngase el cinturón por lo que va a leer:
Hay dos clases de bendiciones. Una clase son regalos que Dios nos da para mantenernos lejos de Él. Que nos sintamos tan satisfechos, tan contentos, tan completos que ya no necesitamos nada de Dios. Ya tenemos lo que queríamos. Ya no necesitamos orar, ir a la iglesia, buscar su Presencia y estudiar su Palabra. Quienes han recibido sus regalos se van lejos del Señor. Ya no lo buscan. Ya no se consagran ni se santifican. Es como si Dios les dijera: Te daré tu regalo para que te vayas lejos de mi. No te quiero cerca de mis hijos. Toma tus regalos y vete. Esos regalos no fueron de bendición.
La herencia es lo contrario: nos acerca más a Dios. Porque queremos más. Más de su Presencia, de su Calor, de su Provisión. La herencia no nos aleja sino nos hace querer más de su frescura, de su protección. Eso nos hace buscarlo más, amarlo más, estudiar más y más su Palabra. Eso fue lo que Abraham le dio a Isaac. Porque quería tenerlo cerca para seguir enseñándole sus misterios, para seguir disfrutando su cercanía. En cambio a los otros hijos les dio regalos para que se fueran lejos de él.
Algo que se esconde en esa historia: ninguno de sus hijos le pidió a Abraham que no le diera su regalo si eso lo alejaba de él. Ninguno de ellos valoró la importancia de quedarse en la casa del padre porque valoraron más su regalo que el amor del padre. Y se fueron contentos.
Algo para ponernos a pensar…¿no creen?
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