¿QUE HIZO PEDRO MIENTRAS TANTO?
Mateo 14:29-30 “Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús. Pero viendo la fuerza del viento tuvo miedo, y empezando a hundirse gritó, diciendo: ¡Señor, sálvame!”
Pedro, el Apóstol, reúne en un solo corazón todas las virtudes, defectos, emociones, sorpresas y muchas cosas más que todo ser humano es capaz de vivir, sentir y expresar.
Pedro, el Apóstol a los judíos es impredecible. Hace cosas que creo ninguno de nosotros haría así porque si. Pedro fue un hombre valiente, valiente en extremo porque hizo cosas que pensó que no podría hacer. Hizo hazañas de valor, temeridad y creo que si viviera en este tiempo, se tiraría en uno de esos aparatos que cruzan las montañas de los parques que tanto están abundando en nuestro país.
O quizá tomaría una de esas tablas que usan los surfistas en las playas de Surf City y remontaría las olas más altas del mar con tal de sentir la adrenalina brotando de su interior. Así era Pedro. Pedro el galileo le llama en uno de sus libros César Vidal. Muy bueno por cierto.
En una ocasión Jesús va caminando con sus discípulos y hace una pregunta que flota en el aire de los religiosos judíos. ¿Quien dice la gente que soy? Sus amigos empiezan a responder con disquisiciones diferentes. Que si eres el Profeta, que si eres Elías que si esto o lo otro. Nadie ha sabido responder la verdad. Hasta que nuestro amigo Pedro recibe la revelación de quien es Jesús. Tú eres el Ungido de Dios, eres el Hijo de Dios. Bravo por Pedro. Ha dado la respuesta correcta. Se le empieza a hinchar el pecho al ver la sorpresa en los rostros de los otros. Ve en los Ojos de Jesús un brillo muy especial porque Jesús sabe que eso es cierto. Pero le dice algo que desinfla el pecho de Pedro: Eso no te lo reveló tu corazón Pedro, eso te lo reveló mi Padre. Así que tranquilo, no es tu diploma en teología lo que te ha hecho saber quien soy.
En otra ocasión, los soldados del Templo van a capturar a Jesús que se encuentra en el Huerto de Getsemaní con sus amigos. Todos están temblando viendo como la soldadesca rodea a su Maestro y se quedan quietos, no saben que hacer. El miedo les invade el interior y un temblor de rodillas les hace ocultarse en las sombras del Huerto. Pero ¡otra vez Pedro!, saca una espada algo vieja que hace tiempo guarda entre sus ropas por aquello de las dudas. Este es el momento de usarla contra los que están atacando a su Señor. La levanta en un arrebato de enojo y para defender a Jesús, tira al azar un cuchillazo y le corta la oreja a uno de los soldados. Todos se sorprenden. Pedro está que se prepara para cortarle si no la oreja a otro, pero quizá el cuello. Jesús hace un alto. No le da las gracias a Pedro. Al contrario, se agacha y toma entre el polvo la oreja de Malco, la sacude y se la vuelve a poner en su sitio. Y le dice a Pedro: Guarda tu espada Pedro, no es tiempo de pelear. Déjalos que hagan lo que vinieron a hacer. ¿Nos podemos imaginar el rostro lleno de sorpresa de Pedro? ¿Así nomás te vas a entregar Jesús? ¿No vamos a pelear contra los enemigos del Templo? No hubo respuesta.
Así sucedieron varias cosas entre Pedro y Jesús. Siempre Pedro. El impetuoso Pedro. El arriesgado Pedro. En la ocasión que me da el título de este escrito, Jesús se les aparece en medio del mar una noche de tormenta. Pedro y sus amigos van en una barca a otro pueblo. Las tinieblas del lago no les permite ver quien es quien aparece entre las brumas caminando sobre el agua. Uno de sus amigos dice al azar: ¡Es Jesús!. Pedro -cuando no-, dice: Si eres tú, Jesús, manda que yo camine sobre el agua hacia ti. Jesús, que ya sabe lo que va pasar, le dice: Ven. Solo tres letras. Y ya sabemos qué hizo nuestro amigo Pedro. Se baja de la barca y empieza su famosa aventura. Está haciendo algo que solo Jesús ha podido hacer: caminar sobre el agua.
Recordemos que Pedro es único. Cuando ve la tormenta y las olas bien amenazantes, se empieza a hundir. Sabemos que Pedro ha nacido, crecido y desarrollado cerca del mar. Por lo tanto es creíble que sepa nadar. No solo es aguerrido pero también un excelente nadador. Y lo primero que trata de hacer es buscar como flotar en el agua. Cosa que hace alguien que sabe manejar el agua. Pero no da resultado. El agua lo está engullendo. Luego quizá empezó a dar brazadas para llegar cerca de Jesus. No logra avanzar. Quizá su tercer intento es dejarse llevar hasta que las olas lo empujen hacia su Maestro. No sucede nada. El agua lo tiene prisionero. Traga alguna cantidad de agua. Sus pulmones ya no tienen suficiente oxigeno y el miedo se empieza a apoderar de Pedro. Está haciendo lo que sabe. Como resolver problemas marítimos. Pero está vez, el intrépido Pedro no sabe como salir a flote. Es entonces cuando da su famoso grito: ¡¡Señor, sálvame!! Jesús ya lo sabía. Se los había dicho en una ocasión: Sin Mi, nada pueden hacer…
Pedro somos usted y yo. Pedro somos todos los que sabemos como salir avantes en cualquier circunstancia que la vida nos presenta. Por eso hemos estudiado métodos, formas, recursos y trucos para resolver cualquier problema. Aunque tenemos a Jesús cerca de nosotros, preferimos tratar por nuestros propios medios hacer lo que creemos que tenemos que hacer. Pero solo nos estamos hundiendo: En deudas. En dolor. En problemas mayores. En divorcios. En vicios. En miedos y temores.
Hasta que -Bendito sea el Señor-, nos recordamos que Jesús ya nos lo dijo: Sin Mi nada pueden hacer. No se engañen. Aunque hayan estudiado sus maestrías y doctorados, de nada les van a servir cuando de la vida se trata mis amigos. Mejor déjenme a Mi sus problemas.
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