EL DILUVIO
Génesis 7:6 “Noé tenía seiscientos años cuando el diluvio de las aguas vino sobre la tierra”
Las gentes de la generación de Noé, estaban tranquilos. Vivían en un ambiente en el que no necesitaban hacer mayor cosa para pasarla bien. El Señor hacía que de la tierra fluyera un vapor que regaba la tierra y ésta les producía suficiente alimento como para que ellos no se tuvieran que preocupar por sudar -como ahora nos sucede a nosotros-, para que en sus mesas no faltara el pan de cada día.
Al no tener necesidad de trabajar para ganarse el pan con el sudor de su frente, esa generación se dedicó a gustar los placeres de la carne. Se divertían a lo grande. Comían, bailaban y se daban todos los gustos que pudieran soportar.
El conocimiento de Dios no entraba en su ecuación. Para ellos era natural que la tierra les diera todo sin necesidad de pedir. Allí estaban los alimentos. Allí estaban las verduras y legumbres que necesitaban para vivir muy quitados de la pena. Así fueron multiplicándose en cada hogar, en cada familia y cada uno de ellos fue pasando esa cultura a sus descendientes.
Sin embargo, a Dios no le gustó como estaban llevando sus vidas. Su Amor y Compasión hacia la raza humana tenía que tomar acción para darles un poco de disciplina. Tenía que usar la otra cara de la moneda ya que al mismo tiempo que por un lado es Amor, también, por el otro lado es fuego consumidor.
Y aquellos perversos mal agradecidos que nunca se habían preocupado por darle las gracias por tanta bondad y misericordia, tenían que conocer ese lado del fuego que consume. No era venganza, era oportunidad. Era su Ira a la enésima potencia. Pero aún así, les dio oportunidad de conocerlo, agradecerle y rendirle sus vidas.
Pero eso no sucedía. Ellos seguían empecinados en vivir la vida loca. Como todo lo tenían gratis, para qué hacer sacrificios, para qué buscarlo y adorarlo. Ya habrá tiempo para eso. Hoy -se decían-, es el tiempo del disfrute. El tiempo de gozar la vida. El tiempo de que nuestros hijos y nietos tengan lo suficiente para darse el gusto de recibir gratis todo lo que necesiten.
Hasta que llegó un día en que un hombre, un solo hombre, empezó a cortar árboles. Habló con sus hijos y les pidió ayuda para empezar un proyecto que nunca se había visto en aquellos lares. La gente que los veía acarrear día tras día trozos de madera, tablas aserradas en los bosques, sudar y entregarse a esa rara misión, despertó en ellos -sus conciudadanos-, cierta curiosidad por saber que estaban haciendo.
Noé les explicó qué estaba haciendo: un arca. ¿Un arca? ¿Y eso para qué? Es que Dios me dijo que en cuanto la termine, habrá lluvia y anegará toda la tierra en la que vivimos. ¿Lluvia? ¿Que es eso de lluvia? Nunca hemos visto ese fenómeno. Y era cierto. Nunca había llovido, por lo tanto, para aquellas gentes, ese hombre con sus hijos eran unos locos, unos chiflados que estaban haciendo algo que nunca se había necesitado. Imaginemos a Noé día tas día acarreando madera, fabricando tablones, usando su nivel y entregado a su labor en silencio pero enviando un mensaje a sus vecinos y amigos que no creían en lo que les estaba diciendo.
Imaginemos los chistes que las gentes decían de aquel hombre valiente que se atrevió a creer a su Dios la instrucción que le había dado: Ser testimonio ante ellos de que Dios ya había decidido darles un par de cinchazos donde más les doliera. Imaginemos a las gentes decir entre ellos: Allí va el chistoso. Vean al que dice que va a llover. Además dice que será un diluvio. ¿Qué será eso de diluvio? Solo él se lo cree. En vez de sentarse a pasar su vejez, ese tipo se cree sus propias mentiras. Vaya vecinito el que tenemos. Y así, las gentes se divertían a costa de la fe de Noé y sus hijos.
Eso es lo que sucede todavía hoy en día. Nuestros vecinos se ríen de nosotros porque hemos creído en lo que Dios dice qué hará muy pronto. Aún nuestros propios hijos y nietos pueden estar haciendo lo mismo: reírse de nosotros los “viejos” que hemos puesto nuestra confianza y fe en el Dios invisible. Hemos creído que un día lloverá fuego del cielo y los astros ardiendo caerán. Ese es el peligro que tendrán nuestros hijos si no les enseñamos que el pan que tenemos en la mesa no viene de nuestros esfuerzos. Viene por la Bondad de nuestro Dios. Pero si no les enseñamos que todo lo que tienen, aún sus juguetes, todo viene de la Misericordia de Dios. Tienen que aprender a ser agradecidos y adorar a Aquel que vive. No sea que como en los días de Noé, nuestros hijos se dediquen a vivir sus vidas lejos del Señor y de pronto les venga un diluvio de problemas, deudas, divorcios, conflictos, vicios y muchas cosas más. Y entonces allí será el crujir de dientes de que habló la Escritura.
Porque el mal que muchos padres le hacen a sus hijos es no enseñarles a buscar al Señor desde su niñez para que cuando sean adultos no se olviden de Él. Darles todo gratis, sin que se esfuercen en orar, clamar y suplicar al Dios que adoramos, es hacerles como la generación de Noé. Nunca habían visto llover. Nunca habían visto un diluvio. Y Dios dijo: pues lo verán y se lamentarán. Usted que lee la Biblia conoce el final. No se descuide entonces.
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