CONFORMISMO
Números 32:5 “Y dijeron: Si hemos hallado gracia ante tus ojos, que se dé esta tierra a tus siervos como posesión; no nos hagas pasar el Jordán”
Los seres humanos somos impredecibles.
Nos cuesta entendernos a nosotros mismos. Cuando queremos una cosa, queremos otra. Solo Dios sabe realmente como llenar nuestras expectativas y deseos. Sin embargo, algunas veces Él nos deja equivocarnos y dejarnos en el camino que queremos andar porque por más que quiera hacernos bien, al final, somos nosotros quienes decidimos donde queremos estar.
Eso le sucedió a dos tribus y media del pueblo de Israel.
Imagínense esto: Caminar por el desierto durante cuarenta años. Día tras día. Mes tras mes y año tras año esperando llegar a su destino: La Tierra Prometida. Una tierra que Dios les daría en propiedad para ellos y sus hijos. Era una tierra hermosa. Placentera, llena de bendiciones, frutos abundantes y árboles llenos de alimentos. Una tierra prodigiosa porque era el regalo que Dios les había prometido desde su salida de la esclavitud años atrás cuando abandonaron a sus opresores los egipcios.
Cuantas pláticas nocturnas entre las familias. ¿Cómo sería su llegada a esa tierra? ¿Qué iban a hacer con tanta riqueza material que les deparaba el futuro que Dios les había prometido? Ya me imagino las tertulias familiares, entre los amigos y vecinos cuando ponían sus tiendas en el desierto, haciendo planes y soñando con el momento en que llegarían a su destino.
Seguramente alguno de sus hijos les preguntarían cómo sería la tierra a la que iban. Recordemos que aquella generación nunca habían visto nada parecido a lo que Moisés les hablaba del gran proyecto de Dios. Nunca, ni en sus sueños más salvajes -como se dice-, se habían imaginado nada que se igualara a la realidad.
Así pasaron noches de conversación quizá con una taza de té al frío de del desierto. Sueños, sueños y más sueños.
Hasta que llegó el momento de la verdad. Muchos de los que salieron de la esclavitud también han muerto. Sin embargo, los hijos de los difuntos han continuado su camino por el desierto pero escucharon cuando sus padres antes de morir, le hablaron a Moisés y le pidieron un favor: Cuando vieron la tierra desde lejos, cuando aún faltaban algunos años para tomarla en posesión, le pidieron a su líder que cuando llegara el momento del cumplimiento de la promesa, que las tierras de este lado del río Jordán, que eran tierras de pastos y hermosos terrenos para alimentar sus vacas lecheras, cabras y demás animales, les permitiera quedarse allí. Ellos no querían pasar al otro lado. Los terrenos que habían allí eran hermosos para pastos de sus bestias.
Moisés les prometió darles esas tierras. Es cierto, no pasarían a tomar posesión de sus herencias prometidas por Dios, pero si eso era lo que querían, eso les daría con una condición: Que pasaran al otro lado a ayudar a sus hermanos a echar de la tierra a sus ocupantes y luego regresar a sus terrenos que tanto deseaban.
De esa manera, sus herederos, sabiendo la promesa de Moisés a sus padres, fueron con Josué y le pidieron lo mismo: Que les permitiera quedarse del lado del desierto, a orillas del río pero que no pasarían a la tierra de Canaán. Preferían quedarse fuera de ella. Esas tribus fueron Ruben, Gad y la media tribu de Manasés.
¿Qué aprendemos de ellos? Hoy hay cristianos a quienes Dios les ha prometido llevarlos a un lugar de bendición. A un lugar de paz, en donde sus hijos disfruten del bienestar de vivir en un hogar lleno de abundancia espiritual y material. Pero han preferido la mediocridad de lo que saben, no quieren exponerse a lo desconocido. Prefieren lo visto a lo que no se ve. Piensan más en sus deseos egoístas que pueden ser su casa que ya se cae en pedazos pero tiene un garaje para guardar su carro viejo y oxidado. Prefieren seguir en el mismo trabajo de hace años porque ya los conocen y no quieren arriesgarse a buscar algo mejor. Aunque las enfermedades les persiguen, prefieren quedarse haciendo colas en el seguro desde la madrugada antes de ir a un médico que hay que pagarle porque no es gratis.
El conformismo de muchos creyentes les hace vivir a las orillas de los barrancos que en cualquier invierno amenaza con tragarse su vivienda, pero no se quieren arriesgar a ir a otro lugar porque allí nacieron sus hijos y se niegan a cambiarse de barrio. Dios les ha prometido llevarlos a un lugar hermoso y lleno de bendiciones, pero prefieren quedarse donde sus perros pueden andar en libertad, sus vacas pueden pastar a su gusto y sus animales pueden vivir bien. Aunque sus hijos y nietos sufran las miserias de la pobreza y mediocridad.
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